III

Las aguas se removían inquietas en la bahía mientras Mareb escrutaba el horizonte en busca de la nave que llevaba consigo a su perdición. El viento helado arremetía contra su negra figura como si quisiera tirarle del tejado en el que aguardaba como el último de los vigías de un santuario que iba a ser profanado por última vez, aunque eso carecía de toda importancia. Mareb podía dejarse caer contra elsuelo empedrado y permitir que la gravedad estallase su cráneo como la esfera de un reloj; al ponerse de nuevo en pie, el mecanismo seguiría funcionando y todo cuanto se hubiese roto volvería a su estado anterior.

La única cicatriz que Mareb no había podido regenerar desde su segundo nacimiento fue la que le grabó el cuchillo mecánico del ser que venía a bordo de ese barco, desde el otro lado del mundo. Si Madre no hubiera estado allí para detenerle, aquél habría sido el último día de su nueva existencia.

Escrutó una vez más la lejanía desde las alturas, intentando entrever la forma del faro entre las nubes de vapor de la ciudad, pero parecía que Liam aún tardaría otro día en llegar a sus dominios. Iván y Delia se creían muy listos tramando sus pequeños complots, pero había algo en lo que no iban a reparar, al menos hasta que fuera demasiado tarde.

Sin prisa pero sin pausa, se hirguió sobre el tejado y dejó que el viento sacudiera una vez más su largo abrigo pardo. Dio un salto imposible hasta tocar con la punta de las botas los adoquines de la calle y desapareció entre la niebla y el gentío que cubrían la plaza del mercado como una plaga. Aquellos que lo vieron se afanaron bien en disimularlo: puede que no supieran quién era Mareb, pero ninguno iba a arriesgarse a descubrirlo. Al menos no aquella mañana.

Deambuló por el puerto durante lo que quedaba de día, recabando información sobre la llegada del mercante que iba a acabar con su vida antes de que pudiese cumplir sus planes, y aquella certeza, pesada como era, no hacía sino impulsarle a asir la vida con unas garras más afiladas, con unos colmillos mucho más ávidos de lo que habían sido jamás.

— Nuestro parecido siempre me hizo recordar el sabor del miedo, hijo — oyó pronunciar a sus espaldas mientras daba cuenta del infeliz al que acababa de hincar el diente.

Victoria se arrodilló al su lado, se subió las mangas del vestido y dejó caer delicadamente la mano para que su hijo depositara en ella la mejor parte. Mareb le tendió el cuello del mozo de carga y se conformó con sorber el flujo que manaba de su muñeca desgarrada. Comieron en silencio durante un rato, mientras el chico, de apenas dieciséis años, agonizaba en sus brazos. Cuando la luz de su mirada casi se había apagado, Victoria se apartó de él y se secó los labios con su pañuelo brocado.

— Excelente bocado — sonrió con sorna.

Mareb pasó el dorso de la mano por sus labios y, tras lamerlo, observó en silencio a su madre.

— Siento que tengas que ser tú — pronunció ella al fin, y Mareb supo que decía la verdad, aunque jamás lo admitiría.

— Sentirías más que fuera Iván.

— Lo sentiré — puntualizó tras un suspiro — de igual manera.

— Quieres acabar con tus hijos — dijo Mareb con una sonrisa cansada.

— Quieres acabar con tu raza — respondió su madre —. Supongo que Liam tenía razón al querer matarte hace tantos años.

— ¿Por qué no terminas hoy lo que él empezó entonces? — preguntó Mareb, pero en su voz no había rencor ni reproche, sino simple curiosidad — No hay nada que yo pueda contra tí solo con mi fuerza.

Victoria le dedicó una sonrisa afetuosa. Sus largos dedos, que sostenían aún el pañuelo manchado con su última comida, le acariciaron el rostro anguloso y pálido.

— Porque aún no es tiempo, hijo mío — respondió a la vez que se alejaba de él —. Porque una nueva batalla de nuestra imperecedera guerra comenzará cuando Liam desembarque de esa nave, y necesito a mi mejor soldado.

Los ojos ambarinos de Mareb brillaron con un hambre violácea al escuchar aquellas palabras.

— ¿Quieres decir que tenéis un plan para acabar con los hijos de los Hombres? — preguntó con voz temblorosa.

— Sabes bien que todavía les necesitamos — bufó Victoria, conocedora de las descabelladas ideas de su hijo a propósito del imperio de su raza —. Sin embargo, podemos mermar sus fuerzas lo suficiente como para poder fortalecernos con seguridad durante los próximos milenios.

— Fortalecernos con seguridad — susurró decepcionado — ¿Es que nunca vais a entender que debemos someterles? ¡¿Es que nunca vamos a recuperar el orgullo que tanto tiempo atrás nos quitaron?!

— Todo a su debido tiempo, hijo — musitó sintiendo el peso de la piedra que tenía por corazón — Antes debemos asegurarnos de sobrevivir, y eso implica aplazar tus planes para matarme.

Mareb pudo sentir sus órganos muertos removerse en su interior como jamás lo habían hecho. Madre conocía su plan para acabar con su casa, para terminar con la decadencia absurda en la que había caído su raza para que otros, los más fuertes, pudiesen someter a los hijos de los Hombres como era su derecho, aunque aquello significara a la vez el fin de su propia existencia. Y, en lugar de ejecutarle, lo que le estaba pidiendo su madre era que luchase a su lado.

— ¿Qué hay de mis hermanos? — logró musitar antes de que ella abandonara el muelle donde se encontraban.

— Delia tiene contactos que nos pueden ser de utilidad. En cuanto a Iván — repuso tras un instante de silencio — espero que Liam le recuerde su verdadera naturaleza. Si es así, con toda probabilidad venceremos esta guerra.

La niebla y el vapor engulleron su figura antes de que Mareb pudiese reaccionar. Si Iván recuperaba la crueldad que había tenido antaño, lo que les había hecho tan hermanos como rivales, los hijos de los Hombres no tenían ninguna posibilidad. No obstante, si eso llegaba a suceder, Mareb no viviría lo suficiente como para celebrar la victoria y llevar a cabo sus planes.

Deja un comentario

Archivado bajo capítulo 3

II

El agua resbalaba aún por los adoquines de la calle, incluso varias horas después que pasara el servicio de limpieza de la ciudad. Los pasos reverberaban con un sonido particular, fantasmagórico, como las campanadas de un reloj señalando la medianoche. Sólo que era mucho más que de madrugada.

Giró hacia su derecha tras una esquina y se detuvo momentáneamente en un portal. Estaba segura de que la seguían; lo que no sabía era quién. De tratarse de su hermano, seguramente podría sentirse a salvo, siempre que Madre no se enterara, o peor, que llegara a oídos de Victoria; si era Mareb… ya podía darse por muerta.

La sombra se deslizó ante ella como una lengua diabólica y desapareció en un instante, escurriéndose entre las cañerías de bronce de los tejados de en frente. Más segura, Leonora se arrebujó en su capa de terciopelo marrón y echó a correr calle arriba, hasta la puerta de una taberna que llevaba horas cerrada. Golpeó la madera humedecida tres veces y, tras unos segundos de espera, una voz le preguntó al otro lado:

— ¿Quién?

— Ivánuska — respondió ella con voz ahogada, estrechando todavía más la capa que la envolvía.

La puerta se abrió con un leve chirrido. La luz de una vela titilaba en el lúgubre interior. Leonora miró hacia atrás para comprobar que la sombra que la había estado siguiendo no la acechaba ahora, y se escabulló hacia el interior de la taberna. El dueño se estremeció al ver el brillo ocarino que proyectaban sus ojos en la oscuridad casi absoluta, antes de guiarla escaleras arriba hacia el comedor principal. Abrió la puerta. Tras un instante de duda, decidió que la vela le sería de más utilidad a él que a aquella criatura, y se marchó por donde había venido.

Leonora entró sigilosamente y cerró la puerta tras de sí sin dejar que emitiera el más quedo crujido. Avanzó lentamente por la habitación a oscuras. Sabía que no estaba sola, tal y como habían acordado, pero cualquier precaución era poca en tiempos como los que se avecinaban. Husmeó el aire como un perro de caza, desplazándose discretamente hacia la ventana por si tenía que abandonar a toda prisa la habitación. Sin embargo, la sangre que olía no podía ser de nadie más que de aquél a quien estaba esperando.

— Estás aquí — susurró incrédula mientras se dejaba caer en una de las sillas de madera que rodeaban la mesa, como si decirlo en alto hubiera de borrar el temor que había arrastrado consigo desde que abandonó la mansión de Victoria aquella noche.

— ¿Dónde más iba a estar? — le respondió su voz desde la otra punta de la sala. Al segundo siguiente, la había levantado de la silla y la estaba besando como si temiera el final.

Poco a poco, pasados los primeros minutos de añoranza, temor y excitación, Leonora intentó apartarse.

— Me han seguido, Iván — confesó, apartando de él su mirada enverdecida por las luces de la calle.

— Lo sé. Es Mareb. Creo que sospecha que Delia y yo nos hemos aliado.

— Pero eso es mentira. Tú y Madre… — de repente se interrumpió, no hacía falta que Iván se lo dijera: aquella sospecha sin sentido les ponía a ambos en peligro, pero le resultaba muy conveniente; mientras Mareb estuviera distraído intentando destapar un complot que no existía, sería más fácil recuperar el favor de Victoria y convencerla para que acabara con él. Sólo había un problema: Iván ya no era su hijo más fiel, sino aquél que la había traicionado.

Leonora se deslizó hasta un lado de la ventana. La ciudad respiraba y bullía al ritmo de las calderas de vapor, a lo lejos, en el centro, donde la vida no cesaba jamás. Las luces teja y siena de las fábricas, que nunca dormían, mantenían a raya la noche, que no conseguía extender sus largos tentáculos hasta allí. Era una de las victorias de los hijos de los Hombres, algo que les mantenía a salvo de ellos después de haber aniquilado a los ancianos. Sin embargo, eso no iba a durar para siempre.

A la luz del día o de los focos y reflectores de la industria se sentían a salvo, pero los vampiros caminaban entre ellos: Victoria y sus hermanos, los primeros hijos del Vapor, eran lo suficientemente fuertes como para soportar indemnes las caricias de la estrella cuyo fuego arde por siempre jamás; sus hijos, sobradamente capaces de hacerlo bajo las luces creadas por el hombre. Leonora y sus hermanos todavía no tenían aquél poder, pero la guerra seguía y, pronto, no habría que esconderse en la penumbra de la noche para conseguir la fortaleza que les permitiría acabar con la mayor amenaza de los humanos hacia su raza sufrida desde la Edad Media.

— ¿Has pensado en algo? — le preguntó, sin apartar los ojos de la ciudad.

— Depende de las noticias que me traigas.

Leonora giró sobre sus talones. Sus ojos veían incluso en la oscuridad de la tumba. El rostro de Iván no era otro que el de un ser cuya razón se turbaba por algo más que los acontecimientos.

— Victoria está decidida a matarte, pero no se fía de las intenciones de Mareb — dijo al fin.

Iván asintió por respuesta. Luego cerró los ojos y se apoyó en su hombro, como si buscara consuelo.

— Entonces no todo está perdido — susurró.

No obstante, ambos sabían la verdad: hacer que Victoria fuera consciente de las verdaderas intenciones de Mareb podía no ser tan complicado; hacer que perdonara a Iván, sin embargo, requeriría poco menos que un milagro.

— Hay algo más — pronunció Leonora con voz queda. Esperó a que los ojos de Iván volvieran a fijarse en su rostro antes de hablar de nuevo —. Victoria va a recibir la visita de alguien muy querido… a quien odia profundamente.

El rostro de Iván pareció iluminarse por un momento. Cuando los infiernos se abren, pensó, uno se da realmente cuenta de qué son los demonios.

— Liam — dijo, susurrando el nombre del milagro que había estado esperando.

Deja un comentario

Archivado bajo capítulo 2

I

El suspiro de Delia se fundió con la exhalación vaporosa de la silla de ruedas en la que se sentaba el Secretario del Ministro. Miró hacia atrás, furibunda, y le hizo un gesto con la cabeza a su hermano para que la siguiera hasta el apartado. Iván chascó la lengua y arrugó la nariz con enfado. Cuando hacía ese gesto, las puntas brillantes de sus colmillos superiores asomaban entre sus labios finos; algo que Delia no podía odiar más.

— Iván, ¡maldita sea! — le susurró como si pudiera mascar su resentimiento.

Él asintió pesadamente, dejó la servilleta encima de la mesa y se levantó. El Secretario y el Ministro le dirigieron una mirada, cómplice aunque temerosa, antes de volver a sus asuntos. Él ni siquiera se dignó a reconocerles.

Cruzaron la amplia sala de comedor hacia el aparte. Las mesas redondas, acompañadas cada una de cuatro pomposas sillas estilo Luis XV, con tapices granates bordados con grifos en hilo de oro,  se distribuían por el salón en torno a una circunferencia metálica, en cuyo interior los vapores de la maquinaria se fundían con los de la comida recién hecha. De ella, a través de ornamentadas cintas correderas, los platos llegaban directamente a las mesas de los comensales, sin que ninguno de ellos tuviera la necesidad de establecer más contacto con otro ser humano, que no estuviera en su mesa, que el de ir pulsando botones para ordenar lo que precisara. Era, por supuesto, uno de los restaurantes más elitistas de la ciudad; precisamente el motivo del tedio y el desencanto de Iván.

— Hubiera preferido encontrarnos en la calle — le espetó a Delia por segunda vez al entrar en el aparte. Ella se limitó a asentir con la cabeza para demostrar que se daba por enterada.

La zona reservada era un espacio reducido, pero decorado con gusto; con el gusto de gente como Delia. Filigranas de pan de oro adornaban las paredes blancas desde la mitad superior, hasta reunirse en el techo en un estallido de hojas, instrumentos musicales y dos letras mayúsculas en una tipografía renacentista, aunque poco ornamentada. En medio de la habitación, encarando la chimenea, había un diván rojo rematado en bronce viejo, cuyas patas llenas de engranajes sugerían unos usos más bien particulares. Las dos butacas que lo colindaban, del mismo color y diseño, estaban orientadas también hacia el fuego que crepitaba en el hogar.

Delia le hizo un gesto delicado a su hermano para que tomara asiento, pero Iván se limitó a seguirla hasta el diván y esperar a su lado, de pie.

— Esto que haces… — titubeó Delia mientras apretaba unos cuantos botones en una especie de consola que había en un lado del diván —. No te hace ningún bien, querido.

— Ah — musitó Iván, acercándose un poco al fuego — Y ¿qué es lo que hago?, si puede saberse…

— Ya sabes de lo que te hablo, cretino — le espetó Delia tras alzar la mirada de la consola —. No pretendas que crea a ciegas en tu palabra.

Los ojos de Iván se clavaron en el fuego durante un instante. Las llamas crepitaban y lamían un cuerpo invisible en su camino ascendiente hacia ninguna parte. Por un momento, por un instante insignificante, volvió a sentirse en paz.

Hacía más de doscientos años que recorría el mundo junto a sus hermanos, y el poder que habían llegado a adquirir en tan poco tiempo era algo que asustaba incluso a Madre. Cerró los ojos un instante recordando la primera vez que vio a Victoria, con su figura esbelta y elegante, casi señorial, cruzando las puertas del despacho de su padre. Sus largas faldas burdeos habrían barrido el suelo, de no llevarlas delicadamente sujetas a la muñeca por una cinta brocada; el corsé la habría ahogado, de haber necesitado respirar. Iván era sólo un adolescente entonces, y no se convertiría en su hijo hasta muchos años después, tras la tercera plaga, pero la imagen de Victoria fue, desde aquel instante, algo que jamás podría olvidar.

— No pretendo nada, Delia — suspiró al fin, cansado, casi al lado de la chimenea —. Lo sabes mejor que nadie.

— Ése es justamente el problema.

Lentamente, como si de magia se tratara, un par de copas de cristal de bohemia llenas hasta la mitad de un líquido rojo y espeso descendieron de la parte central del techo, separando por la mitad las dos letras del emblema. Delia miró a su hermano mientras las copas se posaban sobre la pequeña mesa de cristal y bronce que había entre el diván y una de las butacas. Iván había perdido mucho en los últimos tiempos; demasiado. Había sido su amigo, su hermano, su mejor aliado cuando Madre le trajo a la mansión, pero ahora ya ni siquiera parecía una sombra de lo que un día fue aquel apuesto joven. Seguía vistiendo con gusto, pero su ropa estaba raída y desgastada, remendada por todas partes y desteñida por los rayos del sol y los vapores de las fábricas. Volvía a llevar el pelo largo, como la noche de su renacimiento, con los bucles desaliñados bajo un sombrero de copa que podía haber pertenecido al dueño de un circo ambulante de segunda.

Delia suspiró con pesar, recordando los tiempos en los que Iván había brillado como el oro nuevo. Luego se incorporó, tomó una de las copas y volvió a recostarse.

— Alguien… — dijo en un susurro, tras oler el líquido — me ha dicho que se rumorea…

— Que madre quiere matarme — sentenció Iván, apartando su mirada del fuego y clavándola en los ojos de Delia, muda de sorpresa —. ¿Creías que no me había enterado?

— Tenía esa esperanza — confesó ella tras dar un pequeño sorbo a su comida. En un instante, sus pupilas se dilataron y se tornaron violetas, hasta que volvió a recobrar el control de sí misma.

— Es repugnante la manera como os alimentáis tú y los tuyos — dijo Iván con un gesto de asco, desdeñando así su copa.

— ¿Es mejor lo que haces tú? — rió Delia con malicia — ¿Convertir a la nueva vida a todos los infelices con quienes te cruzas?

— ¡Yo les salvo! — gritó de repente, y estrelló su puño contra la pequeña mesa. La copa tintineó un momento; la sangre bailó en su interior desacompasada, hasta que se volvió a posar.

— Tú les condenas — susurró Delia con un destello rojizo en la mirada —. Pobre desgraciado… No están preparados para sobrevivir, Iván, tú lo sabes — añadió tras un breve silencio. Dejó su copa en la mesita y se incorporó en el diván, volviéndose hacia él —. Los hijos de los Hombres les matarán a todos. Y si no lo hacen ellos…

— … lo harán Madre y nuestro hermano — acabó por ella.

— ¿Mared? — preguntó Delia desconcertada — ¿Qué tiene él que ver con todo eso?

Iván dejó escapar un ronquido sardónico. ¿Podía ser Delia tan inocente? Por supuesto que sí. Siempre lo había sido. Cuando llegó a la mansión, Delia fue la primera de los hijos de Victoria a la que conoció. Desde aquél día fueron inseparables, hasta que Iván se dio cuenta de la clase de alma que era en realidad.

Delia no era una mujer malvada, ni siquiera cruel: sólo estaba muerta por dentro, fisiológica y emocionalmente. Su corazón no había latido jamás por nadie, ni siquiera durante su primera vida. Se encaprichaba de las personas, las encandilaba con su sonrisa brillante, sus ojos de muñeca y sus mejillas sonrosadas, inocentes, perversas, hasta que caían en su trampa. La felicidad les rodeaba y les envolvía durante años, incluso décadas, hasta que Delia decidía que se tenía que acabar. Aun así, era incapaz de ver el mal en los demás, de percibir traición en aquellos que la rodeaban, y por eso Victoria prácticamente la había desterrado; Delia se había convertido en alguien incapaz de sobrevivir por sí sola.

— Mared ha estado esperando siempre, al acecho, como el perro de caza que es — aclaró Iván al cabo de unos instantes —. No me mires así, Delia, sabes que es verdad. Tú siempre has sido la mayor decepción de madre: tan fina, tan relamida, tan caprichosa…

— ¡No te consiento que…! — empezó a gritar, pero Iván le cerró la boca y se sentó a su lado.

— No te importa nada ni nadie, sólo tu comodidad y tu bienestar. Nunca has convertido a nadie salvo para divertirte, e incluso has acabado con algunos de tus desafortunados hijos cuando te has cansado de ellos —. Delia abrió la boca para protestar, pero Iván sabía perfectamente qué quería rebatirle —. Si Leonora y Nico siguen vivos es porque espían a Madre de tu parte — susurró con una sonrisa, sabiendo a ciencia cierta que decía la verdad.

— ¿Y qué tiene que ver esto con nuestro hermano? — preguntó Delia, desesperada por cambiar de tema y ahogar en sangre aquel molesto sentimiento de culpa por no sentir nada.

— Mareb ya te hubiese quitado de en medio, si no fuera porque Madre te considera un caso perdido. En cuanto a mí… — se calló unos segundos, queriendo buscar las palabras adecuadas.

— A ti te considera muerto — dijo Delia por él —. Eras su favorito, el hijo más fiel, hasta que empezaste a mezclarte con los de más abajo. Yo seré demasiado elitista para Madre, pero tú eres la oveja negra que mezcla su sangre pura con el populacho. Conviertes a niñatos sin juicio ni criterio, sólo porque te apena dejarles morir.

— Es cierto — confesó de repente, y fue como si la losa que llevaba sobre sus espaldas hubiera pasado a las de Delia durante unos instantes —. Pero Mareb no es mejor que nosotros.

— De eso puedes estar seguro — se mofó ella, aunque no acababa de comprender todas las implicaciones de aquella sentencia.

Iván cogió la otra copa por fin y olió la sangre, que ya empezaba a pasarse. Los ojos se le llenaron de lágrimas al notar como las pupilas se le dilataban y los colmillos se tensaban en su boca, como le sucedía de niño, de humano, cuando alguien hacía rechinar unas uñas largas contra el tablero de una pizarra. Finamente, le pasó la copa a su hermana.

— Puede que hayas oído el rumor de que Madre quiere acabar conmigo, pero yo he oído algo acerca de los deseos de Mareb; algo mucho más escalofriante — susurró con un nudo en la garganta, los ojos clavados en los de su hermana.

— No puede ser… — susurró Delia trastornada — Es un suicidio, Iván. ¡Es una locura!

— Mareb nunca ha sido el más cuerdo de los tres, hermana — dijo mientras se levantaba e iba hacia la puerta del apartado —. Y lo que quiere, justamente, es acabar con Madre, y con toda nuestra casa.

Deja un comentario

Archivado bajo capítulo 1

Prefacio

— ¡Silencio! — le espetó Victoria a la muchacha, que seguía retorciéndose de risa, tumbada sin el menor decoro sobre el sofá —. La eternidad era algo muy soportable hasta que empezamos a mezclarnos con el populacho.

— No sea así, Vicky — se mofó ella, a la vez que levantaba el rostro con prepotencia y la miraba a los ojos —. Necesitabais sangre joven.

Victoria estrelló su copa contra el suelo de la sala, y el líquido rojo y espeso que contenía empezó a deslizarse lentamente por el parquet. En un suspiro, su mano de uñas afiladas se cerró entorno al cuello de la muchacha, sostenida a dos palmos del suelo, contra una de las paredes de la habitación. Ni siquiera podía patalear.

— Me llamarás Madame Victoria, te sentarás adecuadamente y hablarás con corrección cuando te encuentres ante mí o ante alguno de tus superiores que, aquí, son casi todos — gruñó con una voz animal, profunda y eterna, sin mover los labios — ¿Te ha quedado claro?

La muchacha asintió en silencio, casi tímidamente, pero no dijo nada.

— ¡Contesta! — le gritó Victoria, zarandeándola por el cuello como a una muñeca.

— S… sí… Madame Victoria — balbuceó asustada, sintiendo aún la presión de sus uñas en la piel. Una lágrima de angustia y miedo le rodó por la mejilla.

Victoria la soltó.

— Necesitábamos sangre joven — pronunció con voz intensa y diáfana, para que todo el mundo la escuchara — porque nuestros ancianos más venerables han sido eliminados. Sin ellos, no podemos crear a individuos fuertes hasta que los primeros hijos del Vapor seamos lo suficientemente poderosos. Ésta es una era de crisis, queridos — añadió, mientras se volvía para contemplar la multitud de rostros que se congregaban a su alrededor, pendientes de sus palabras —, al menos para nosotros, y hay que aprovechar las oportunidades que se presenten. Pero no toleraré la negligencia, la falta de eficacia — sus ojos se clavaron en el rostro de la muchacha, que seguía sentada en el suelo, donde la había dejado caer — ni la falta de criterio.

Con un movimiento siniestramente rápido, Victoria volvió a alzarla por el cuello. Una sonrisa torcida iluminó sus labios granados mientras sus uñas se deslizaban por la piel de ella, resiguiéndole la clavícula. La muchacha abrió los ojos como si viniera al mundo sólo que, esta vez, lo abandonaba, precedida por un borboteante reguero de sangre procedente de su garganta. Victoria volvió a soltarla y el cuerpo agonizante golpeó el suelo con un sonoro crujido. Ninguno de los presentes hizo nada para ayudarla.

— Podéis jugar a ser decadentes, pero jamás permitiré que mi casa y mi raza decaigan — sentenció con altivez. Se limpió el rastro de sangre de las uñas con un pañuelo de puntas y, una vez satisfecha, volvió a dirigir su mirada hacia la congregación —. Haced que alguien limpie esto — añadió, mirando de soslayo el cadáver que yacía a sus pies.

Luego se volvió, muy pausadamente, y echó a andar hacia la terraza del edificio como si todas sus preocupaciones se hubiesen desvanecido.

A sus pies, la ciudad exhalaba el vapor de las máquinas que la mantenían viva. El ocaso arrancaba brillos ocarinos a los cristales de los edificios, pero el sol no podía hacerle daño; Victoria era demasiado fuerte como para dejarse destruir por una estrella, aunque fuera la más brillante, y la humareda que se alzaba sobre la ciudad, entre ella y el astro rey, la protegía como un escudo.

— Pareces turbada — susurró la voz de Leonora detrás de ella —. No lo estés.

— No lo estoy — respondió sin volverse. En el canal, los botes de los mercantes regresaban a casa, impulsados por grandes ruedas hidráulicas y ruidosas calderas de carbón.

— Sé que no te sientes culpable — prosiguió Leonora, colocándose a su lado en la terraza y tendiéndole una nueva copa, que ella aceptó sin mucha convicción —. Había que hacerlo y te estamos agradecidos por ello.

Hubo un momento de silencio. Leonora escrutaba su rostro como si creyera poder leer en él la verdad, un secreto, el futuro. La mirada de Victoria se perdía entre las chimeneas de los edificios cercanos.

— Te agradecemos que mantengas el honor y la seguridad de tu casa — añadió.

— Pero no me ayudáis — le espetó Victoria de repente, dirigiéndole una mirada roja como la ira —. Tú no tienes todavía el poder, igual que Aimar y Nico; por mucho talento y sentido común que tengáis, ahora mismo no estáis en condiciones de ayudarme.

Leonora asintió tímidamente, sin resentimiento: lo que decía Victoria no podía ser más verdad.

— Delia, Iván y Mared son poderosos — se atrevió a sugerir — ellos podrían…

— Iván es el responsable de lo que acaba de ocurrir ahí dentro — exclamó —. Era uno de mis hijos; el más fiel de todos. Y mira en qué se ha convertido ahora. ¡Mírales a todos! No son más que escoria, deshechos, un peligro para nuestra comunidad…

— Victoria — susurró, con su muerto corazón en un puño —, ¿no pensarás en…?

— Tú misma lo has dicho antes, querida — musitó con voz temblorosa. Su mirada se perdió en el gran río que atravesaba la ciudad como una daga de plata y bronce. Su voluntad la hería más que una estaca —: me estáis agradecidos por honrar y proteger nuestra casa, nuestra raza. Y eso es, por mucho que me duela, lo que debo hacer.

La noche cayó sobre la cuidad casi sin que se diera cuenta. El humo de las fábricas no dormía y seguía cubriéndola como una venda, que le impedía ver la luna y las estrellas que coronaban el cielo. Leonora seguía en la terraza, contemplando el mar de vida que se extendía a sus pies a través del cristal de la copa que Victoria había abandonado en la baranda; deseando que sus hijos escucharan la llamada, rezando por que los hijos de los Hombres dejasen de cazarles.

Deja un comentario

Archivado bajo prefacio